Ayer participé en una mesa redonda dedicada al arte, con un enfoque especial en la fotografía. Éramos cuatro ponentes: dos hombres y dos mujeres. Paridad perfecta. Compartí mesa con Carla Armengol, Ulrika Talling-Smith y Rani Bruchstein. Tuvimos la suerte de contar con público presencial y también con quienes se unieron en línea. Disfruté enormemente de todo lo que aprendí durante la sesión.

No era mi primera vez frente a una cámara, ni tampoco mi primera intervención en conferencias o talleres. Aun así, cuando algo consigue sorprenderme, me siento agradecido. En esta ocasión se abordaron muchos temas, y desde una perspectiva algo distinta a la que estoy acostumbrado. En varios momentos, las preguntas giraron en torno a la relación del artista con su obra. No hablo del viejo debate sobre si el arte debe separarse de su autor, sino de cómo la pasión nos impulsa a crear y cómo nuestra vida personal influye en lo que hacemos.

Esto no es tan distinto a lo que le sucede a cualquier otra persona, pero en el caso de los artistas, esa influencia puede verse como virtud, defecto o incluso como una sublimación de la condición humana. Todo depende del propio artista y de quién formule la pregunta. Al final, todos coincidimos, de una manera u otra, en que somos víctimas de nuestra propia humanidad. Lo interesante es cómo cada uno desarrolla estrategias para convivir con esa realidad.

No pretendo reinterpretar lo que expresaron mis compañeros de mesa —lo hicieron de forma brillante—, pero sí subrayar que compartimos la visión de que nuestro trabajo es, al mismo tiempo, refugio y plataforma. El acto de crear es un espacio único y casi mágico donde exploramos emociones y territorios íntimos, pero también es una forma de conectar con el público: una especie de red social de carne y hueso.

Ulrika vive su trabajo como un empeño global, donde las relaciones con otros artistas y el propio acto de exponer forman parte de su expresión creativa. Para Rani, es un proceso que requiere tiempo, y la sesión fotográfica es solo la culminación necesaria de todo lo que la precede. Para Carla, es el resultado de una apuesta personal: firme, audaz y absolutamente propia. En mi caso, lo vivo como una necesidad vital, tan natural como respirar, pero siempre impregnada de observación y síntesis.

Tras la charla llegó el turno de preguntas del público. Una de ellas me llamó la atención, no porque no la hubiera escuchado antes, sino porque era la primera vez que debía responderla de forma directa:
“¿Influye el género del artista en el resultado final de su obra?”

Creo que la sesión fue grabada, así que podrás ver nuestras respuestas completas, pero aquí comparto la mía. Como seres humanos, tenemos la capacidad de dejar una huella personal en lo que creamos. Esto ocurre al margen del talento; basta con desarrollar esa habilidad y querer emplearla. No hablo de creatividad, sino de originalidad. La creatividad se puede entrenar. El talento también. Pero la originalidad… ahí ya no estoy tan seguro. Y, en mi opinión, la originalidad no tiene nada que ver con el género.

Si lo que creamos es genuino y no una simple copia, ninguno de nosotros llegará jamás al mismo resultado, porque todos somos diferentes, sin importar el género.
Entonces, ¿por qué vemos patrones en la forma en que se materializan las obras? Porque nada es blanco o negro. Tenemos miedos, experiencias, creencias, cultura, aspiraciones, familia, hijos… Un sinfín de factores que nos moldean, y nuestro arte se moldea con ellos. Solo cuando alcanzamos una conexión espiritual profunda, nuestro trabajo puede trascender todo eso. Y en ese momento, el arte deja de tener género.

En mi caso, solo lo he conseguido en instantes fugaces. Pero, al menos, sé que he estado allí.


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